Cada vez que una historia empieza a escribirse, los dioses murmuran en sus asientos si por casualidad esa pequeña personita de ahí abajo no estará jugando a algo que, por especie o estamento, no le corresponde. Y mientras las letras se suceden formando palabras, y estas a su vez se organizan en oraciones que, reunidas en asamblea general, deciden exponer una idea que ronda en el espacio invisible esperando a que algún ser sensible la recoja y canalice... yo, tan diminuto e inacabado, imperfecto y soñador, siento que esta prosa que tantas veces me ha acompañado, vuelve a volar hacia ti.
Apenas, apenas te conozco, y tanto... hay tanto que sé de ti. Puedo saber lo que sientes, cuando hablas de lo que tanto te duele... Creo que sabría cómo hacer que esa sombra que sigue pegada a tu cuerpo, y que no es tu sombra, cediera dos pasos de distancia y pudieses al fin andar libre, sin miedo a la pérdida. Tan libre, como siempre has sido...
Y sé a ciencia cierta que podría llegar a desdoblar mi vida por hacer que la tuya fuese doblemente plena. Romper de una vez los lazos que atan a los prisioneros; que, como en el poema, los barrotes de las celdas se vuelvan de azúcar, o se curven de piedad. Y que las bocas que nos alimentan vuelvan a ser nuestras para besar y sonreír, para gritar al viento como nunca antes, y poder vivir salvajes entre bosques y océanos.
Lo más grande y mágico de contar una historia, es saber y ser consciente de que ahora mismo, en vivo y en directo, algo ahí fuera está sucediendo, poder imaginar que alguien, oh Fortuna, está contando nuestra historia, como en un juego de espejos.
Ansío saber en qué capítulo, tu y yo, volveremos a vernos.
GARABATOS DE AMOR Y REVOLUCIÓN.


