Desde pequeño siempre he soñado con destrozar televisores. Nunca lo he hecho, por ahora. Veía la tele, mucho, casi a todas horas, no llegaba a ser como aquel niño de la serie que veía pelis en blanco y negro sin hacer caso de su responsable madre americana, pero la veía mucho. A diferencia de los puretas, yo sí odio el blanco y negro.
Ahora que vivo solo tengo la tele de adorno en una mesa del salón. Tengo que confesar que solo veo Gran Hermano.
La cuestión es que no consigo despegarme de ella. La quiero así, apagada, recordándome lo feliz que estoy siendo mientras no estoy manipulado por ella ni sus gritos ni sus historias truculentas cada día a todas horas y veas lo que veas. Son historias absurdas y fuera de la realidad, por lo menos de MI realidad, que es al fin y al cabo la que importa.
Me siento tan bien con su compañía, que creo que nunca podría deshacerme de ella, cuánto menos podría yo darle un martillazo ni tirarla por el balcón. Me gusta su pantalla gris oscura y sus acabados metálicos más bien retros y sus formas redondeadas. ¡Abajo las pantallas de plasma! Ahí no hay donde agarrar.
Me gusta su silencio y su sola presencia oscura. No discute, no da la brasa. Me encanta. Solo falta que me ayude a pagar el alquiler.
ELLA ES MI TELE.
Me gusta su silencio y su sola presencia oscura. No discute, no da la brasa. Me encanta. Solo falta que me ayude a pagar el alquiler.
ELLA ES MI TELE.
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